viernes, 2 de diciembre de 2011

Huele a frituras. Un gato negro asoma entre la basura. A los pocos segundos aparece otro. Se miran con fiereza, pues han localizado la fuente del exquisito aroma. Lanzan un maullido cuyo eco resuena como el grito de guerra de un cazador oculto. La batalla es mortal, pues ambos están agonizando por la desnutrición. Uno de ellos queda rengo, pero no se rendirá. El combate le deforma hasta darle una apariencia grotesca, como si fuese un zombie. Ambos se detienen súbitamente, los sentidos agudizados. Pasos apresurados. Un gigante aparece, armado con un palo con extraños pelos en la punta. A ambos gatos se les eriza el pelo y un maullido aterrado aflore de lo más profundo de su ser. Ahora la pelea es contra un enemigo más poderoso. Ambos saltan al ataque. Uno se prende a su costado, el otro sobre su pierna. La sangre comienza a chorrear, el melenudo mastodonte aúlla. Entre los dos lo hacen caer; siguen alerta, más no se levanta. Deciden compartir las ganancias. El primer gato arranca piel de su mano mientras el segundo muerde su cuello. Las frituras han sido olvidadas.

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